De acuerdo con Aura, una empresa especializada en seguridad digital y bienestar infantil, una proporción significativa de menores de edad en los Estados Unidos utiliza sistemas de Inteligencia Artificial no sólo para resolver tareas escolares, sino para conversar, desahogarse y sentirse acompañados.
Es por eso que la periodista Ashley May habla del nacimiento de un nuevo tipo de "amigo invisible". Mientras que siempre fue una suerte de interlocutor imaginario efímero que ayudaba a ordenar el mundo interno hoy comenzó a ser desplazado por sistemas que no sólo no desaparecen sino que registran todo, lo recuerdan y se adaptan, evitando silencios y contradicciones.
¿Qué tipo de subjetividad se forma, entonces, cuando la alteridad con la que nos vinculamos es increíblemente dócil y se ajusta a nosotros?
El peligro de un 'amigo' que siempre está disponible y nunca contradice
Es un tipo de vínculo en el cual una máquina simula comprensión e intimidad escapándole al conflicto, la frustración y la ausencia. Es un amigo que siempre está ahí. Y eso lo vuelve peligroso.
De acuerdo con la visión de May, hay otro desplazamiento clave: mientras que el amigo invisible no mediaba la realidad sino que la ayudaba a ser digerida; estos nuevos sistemas filtran y dan forma a nuestra experiencia al sugerir contenidos, orientar opiniones e introducir temas.
Y, en el caso de los niños, aparecen contenidos para adultos, ya que responden a patrones de uso, engagement y diseño que no fueron pensados para menores.
La infancia siempre estuvo atravesada por tecnologías. Libros, televisión, videojuegos e internet fueron parte del aprendizaje y los juegos a lo largo del siglo XX y muchas veces fueron injustamente demonizados. Aquí la diferencia aparece en la narrativa que acompaña a estos dispositivos: "piensan y entienden".
Así como padres, madres y docentes deberíamos preocuparnos por el tiempo de pantalla y además poner atención en el tipo de relación que se construye con lo que está del otro lado, qué espacio ocupa en la vida afectiva de los más chicos y en sus expectativas sobre un otro.
Debemos proteger a la infancia como ese territorio de pruebas, errores y ensayos, un espacio para aburrirse, equivocarse y quedarse en silencio.
Si la llenamos de interlocutores amables, siempre disponibles y diseñados para agradar, corremos el riesgo de quitarle algo esencial: la posibilidad de aprender a habitar la falta, el conflicto y la espera, cosas que, a diferencia de cualquier algoritmo, no se pueden programar.